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LA HISTORIA SE REPITE Y REPITE

¿Se ha escrito la historia en vano?

Editor's note: Once a month, the Current will feature a Spanish column on a variety of topics written by Santiago Daydi-Tolson, a native of Chile and professor of Spanish at UTSA.
This month's installation features Daydi-Tolson's thoughts on war, its history, and how hawkish world leaders forget the blood that for centuries has been spilled in the name of territory, resources, and power. Those who prefer to read this column in English can choose the corresponding link in the "guest column" section of the web menu.

Si se habla de la guerra - tema del que en estos días de amenazas y gesticulaciones bélicas no se puede sino hablar - nunca faltan argumentos a favor de ella. No siempre, por desgracia, los hay en su contra. La historia universal ofrece un catálogo infinito de guerras perfectamente justificadas por quienes las provocaron; y es tan antiguo su inicio que incluso las lejanísimas voces de las primeras epopeyas llevan ya el acento de lo bien sabido y resuenan con la petulante certeza de la fe en los dioses del triunfo y la derrota. Pesa la guerra, con su prestigio milenario de heroicos hechos que las artes, la literatura y las religiones avalan y ponderan, sobre la memoria ancestral de los pueblos y en la voz del caudillo que se sabe potente en armas y dinero se proclama justa y necesaria, incluso inevitable. De su parte están siempre los convencidos, por experiencia y tradición, en las

 

En los ámbitos blindados de la autoridad se deciden a puerta cerrada, los destinos de millares de individuos ...

virtudes de la violencia y la rapiña. Los siguen, ingenuamente las más veces, quienes tienden a confiar demasiado en la autoridad - sólo delegada - de las voces de mando. No se supone que haya diálogo entre quien manda y quienes obedecen. No se espera tampoco expresión ninguna de disidencia.

A la guerra van - quiéranlo o no - los ciudadanos, aparentemente incapacitados de controlar las maniobras, despliegues, avances y algaradas de una cúpula de mando que se percibe cada vez más como intocable. En los ámbitos blindados de la autoridad se deciden a puerta cerrada, los destinos de millares de individuos que poco a nada tienen que ganar de una acción bélica concebida como necesario riesgo económico desde los múltiples despachos del verdadero poder. Contra lo que puedan cantar los poetas y proclamar los políticos, idealizadores de las proezas bélicas y sus resultados, no es probable que haya habido en la ya larguísima y violenta historia humana ni una sola guerra - ni una escaramuza siquiera - que no la justificara la apropiación de un bien económico, ya fuera en la forma de territorio, control de una región, o influencia política. Que toda una nación se beneficia de una guerra triunfal no es materia de discusión, sobre todo si se tiene en cuenta que una vez hecha la guerra la paz que sigue a la victoria se recibe como un bien incomparable que, irónicamente se agradece a quien, en primer lugar, lo hizo deseable.

Bien conoce el mundo hispano la indecente violación de la guerra combatida por asegurar el poder económico y político que se cree necesario para la seguridad nacional. Y bien debiera reconsiderar hoy día lo que esta nueva guerra implica, lo que, a la luz de la historia, realmente se propone. Aunque nada en la historia se repite exactamente igual, conviene mantenerla presente y volver de cuando en cuando la mirada hacia aquellos sucesos que en otras circunstancias, en otros momentos, con otros protagonistas, pudieron dejar una enseñanza y su advertencia. Recuérdese, por ejemplo, las guerras sufridas, en mayor o menor grado, en países de habla hispana y religión católica - dos factores ajenos y por lo mismo temibles entonces - que, como México y España, pagaron en el siglo XIX con sangre, territorios y población la osadía de representar un obstáculo -real o percibido - para una nación que creía necesarios para su propio desarrollo y seguridad futura la extensión territorial y el control de una región que hasta hoy mismo considera en gran medida suya. Se esperaría - particularmente en tiempos de amenazantes alzadas de puño y dedos acusadores - que la historia no se hubiera escrito en vano. •


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