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PROMOCIÓN DE LA VIOLENCIA

An English version of this column can be read at The Promotion of Violence

Con persistente regularidad, como cumpliendo una ley irrebatible, diversas manifestaciones de la violencia nos acosan a diario, incitándonos a la reacción, las más de las veces indignada. Es el círculo vicioso de la fuerza bruta. Desde la intimidación irresponsable de quienes hacen del automóvil - o las máquinas de guerra que los han ido sustituyendo - armas de asalto y amenaza, hasta las bravatas y bravuconadas de una autoridad crecientemente envalentonada en su audacia, no faltan en el curso de un día los motivos para sentir la ira de la represalia o la acedía de la desilusión frente a la evidencia de la incorregible bestialidad humana.

Vivimos en un clima de hostilidad. La aparentemente inevitable hostilidad que no ha cesado de afectar nuestras acciones desde el día mismo - ese mitológico día inaugural- en que la mandíbula del burro rompió el cráneo de la primera víctima humana de la humana pasión por la reacción violenta y definitiva. Ante la cotidiana evidencia del nuestra irracional brutalidad no quedaría sino pensar que el impulso a la brusca reacción y al golpe es condición connatural a la especie. No quedaría sino aceptar que es iluso todo esfuerzo -el de sólo unos pocos, ciertamente - por contrarrestar un instinto bestial que los más han glorificado desde siempre en el discurso de homenaje, la medalla, la autoridad incontestable, e incluso el arte.

Desde antiguo la imagen pictórica, la escultura, la palabra poética, el ditirambo, han hecho de la violencia - sus motivaciones, acciones y consecuencias - motivo fulgurante de una estética de horror y triunfo a toda costa. Desde hace un siglo, más o menos, se añadió a tal catálogo estético la imagen cinematográfica, y no ha sido breve - ni muy efectiva - la discusión sobre el posible peligro que podrían presentar para la mente infantil los impresionantes modelos de violencia en la televisión y el cine. No mucho parece importar, sin embargo, el efecto que puedan tener en los adultos las desaforadas producciones de un cine que se deleita en el esplendor de escenas de inconcebible brutalidad en las que sexo, armas de fuego, explosiones y automóviles se combinan en cuidadosamente diseñadas coreografías de la jactancia destructiva.

La amenaza que podría significar para una sociedad el que sus niños crezcan viendo este tipo de artificio iluso en que sus mayores se gozan instintivamente, condonando la violencia sin consideraciones, carece de importancia frente a la petulancia de una tradición milenaria de la fuerza y de los fanatismos que la justifican. Esta antigua cultura de la violencia - íntimamente dependiente de dogmas religiosos, sólo aparentemente pacifistas - exacerba y promueve las capacidades de intimidación y control de la fuerza bruta afines a ciertas concepciones antidemocráticas de la autoridad, el poder y la justicia. Fomenta en cada uno de nosotros el atrevimiento y el descaro en nombre de mal entendidas libertades individuales que sólo el puño podría defender.

Cuenta la violencia con amplia aprobación del público y sigue siendo, como lo ha sido siempre, motivo de triunfales vanaglorias y pingües ganancias. Sigue tan triunfante y acudida, tan aceptada y venerada por la mayoría que cuesta imaginar - mucho más ilusionar - una realidad social diferente, sin los alaridos de la amenaza y el abuso, una realidad donde la prepotencia y el descaro de los violentos no sea la norma ni el ideal.

En la televisión y el cine se promueve a diario en la imagen hábilmente repetida el paradigma de una sociedad ciegamente enardecida de su propia capacidad para la violencia. Idealizada en la magia desrealizadora de la lente cinematográfica y su banda sonora, la acción más brutal predica la obtusa, despiadada convicción de que no hay mejor manifestación de la razón que la fuerza. La ficción nacional de la justicia ganada a golpes insiste en la virtud de la violencia y en la indisputable autoridad que ésta le otorga al más fuerte y despiadado. La televisión y el cine - además de tanta otra manifestación cotidiana de nuestra brusquedad y rudeza ciudadanas - no hacen más que reafimarnos en convincentes y estimulantes imágenes artísticas la dudosa virtud de estar uno siempre en la razón, le cueste al otro lo que le cueste. •


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